|
Las doce veinticuatro.
Una estación de metro.
Línea tres.
Eléctricas presencias,
publicidad convexa
y ningún tren.
Ruidos profundos que parecen escapados
del vientre de la gran oscuridad.
Y en el otro andén,
sentada en un banco de mármol,
Isabel.
De golpe se levanta calma,
empieza a andar muy lentamente.
Enciende un pitillo
y se saca del bolsillo
algún papel.
Por un cierto gesto nervioso
he imaginado un oscuro abismo
abierto en su cabeza.
Qué inmensa la impotencia,
que inmensa la ternura, Isabel!
La observo y se da cuenta.
Una mirada cómplice ha cruzado.
Ocho metros que nos separan,
qué distancia cósmica se nos hace...
Del centro de la tierra
está llegando el metro
que, fugaz, se la llevará.
Y en medio de sustos metálicos
me ha dicho adiós moviendo su mano.
Las doce treinta y cuatro.
Un silencio grave se vuelve a apoderar
del sueño inalterable que rodea
el cuerpo cansado de algún colgado.
|
|